jueves, 8 de julio de 2004

OTAN: los límites del poder

John Saxe-Fernández
La Jornada.
México 8 de julio de 2004.

Durante la cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), que recientemente se celebró en Estambul, quedó de manifiesto, una vez más, que esa coalición pasa por una crisis más que pasajera. Ya la negativa francesa y alemana -dos de los principales componentes de la alianza- de avalar desde el Consejo de Seguridad de la ONU los esquemas bélicos de George W. Bush, indicaban que algo serio ocurría. Ello por la naturaleza esencialmente militar -además de política- de la OTAN. De ahí que la postura francoalemana de rechazo al unilateralismo belicista de Bush, dado el momento crucial en que se da, tiene un impacto profundo en dicha alianza. Aunque ya se había manifestado durante el gobierno de Clinton en la guerra de Kosovo, la práctica del unilateralismo belicista desplegada por Bush en Afganistán e Irak coincide con un detectable deterioro de los fundamentos políticos y estructurales de la OTAN, instrumento esencial en el manejo estadunidense de la balanza de poder en Eurasia. Uno de sus objetivos centrales fue inhibir el desarrollo de una política exterior y de defensa europea, meta que se dificulta ante el dinamismo de la Unión Europea, más allá de lo económico.

La confrontación ideológico-estratégica de la guerra fría estuvo en el centro de la capacidad de Estados Unidos para controlar las reticencias europeas -especialmente de Francia- en torno a la jefatura militar de Washington y para superar las crecientes contradicciones entre las necesidades y requerimientos de los mercados y los recursos naturales estratégicos del aparato productivo europeo, que se recuperaba de manera dramática, y los estadunidenses, permitiendo mantener un "entendimiento intercapitalista".

La OTAN, crecientemente anacrónica, ha sido el ariete desde el cual Washington ha proyectado su influencia más allá de lo estrictamente militar, hacia la política y la economía europea. Pero la ausencia de un enemigo común después del colapso soviético debilitó esta capacidad y generó una "crisis de identidad" en el seno de la OTAN, y es precisamente en este contexto de creciente deterioro estructural en el que la alianza, y la opinión pública europea y mundial, experimentan de manera traumática la precipitación belicista de Bush y la aplicación de una doctrina de "autodefensa anticipatoria", reminiscente de los momentos más oscuros del régimen hitleriano.

Los impactos han sido profundos. Según encuestas realizadas a lo largo del año, los europeos no sólo rechazan de manera abrumadora la guerra contra Irak, sino que en números sorprendentes impugnan y manifiestan dudas y sospechas sobre los motivos reales de Bush: el control y usufructo del petróleo iraquí y el contratismo de la "reconstrucción", ampliamente confirmados por los acontecimientos y por millones de manifestantes europeos. Lo que no esperaba el equipo de Bush fue la amplitud y profundidad de la resistencia iraquí a la ocupación, que la Casa Blanca trata de superar por dos vías: la instauración de un "agente soberano" -avalado por la ONU- para cubrir con un manto de "legitimidad" los multimillonarios -y putrefactos- negocios de la "reconstrucción", y la ampliación de las operaciones de la OTAN a lo que la "nueva geografía petrolera" estadunidense llama "la nueva misión en el Gran Oriente Medio". Este desfiguro planteado por Estados Unidos en Estambul es parte de la política exterior a la medida de la codicia de las petroleras e incluye también a Pakistán y Afganistán. Que Bush recurra oportunistamente a un instrumento multilateral -todavía dominado por Washington- es un reflejo de los límites del poder militar estadunidense ante una resistencia como la iraquí que, por la magnitud de la agresión imperialista, se regionaliza.

Bush promovió en Estambul esta "nueva misión" y la reticencia europea, especialmente de Francia y Alemania, no se hizo esperar. Aunque el operativo "diplomilitar" de Bush en Turquía es presentado con bombos y platillos electoreros a la opinión pública estadunidense, no logró nada que ya no estuviera ocurriendo: como compromisos individuales de algunas naciones para el adiestramiento, en terceros países, de las fuerzas de seguridad del gobierno interino. Teniendo en mente el rechazo del electorado europeo a la guerra contra Irak en general, y la debacle política de Aznar y Blair, en particular, la reserva europea ante la "nueva misión" es de lo más explicable. Por su dependencia del petróleo de Medio Oriente, para ellos es vital una buena relación con el mundo árabe y con la creciente población musulmana, que radica y crecientemente vota en el viejo continente.

Existen dos escuelas de pensamiento en torno a la "nueva misión" de la OTAN en el Gran Oriente Medio: la de quienes piensan que con ello se supera la crisis de identidad y la de los que sostienen que ante la falta de sostén europeo (interno y externo) para la "nueva misión" se acelerará la desintegración de la alianza.

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