jueves, 23 de septiembre de 2004

La caja de Pandora

John Saxe-Fernández
La Jornada.
México 23 de septiembre de 2004.

Al Qaeda sería uno de los principales beneficiados de una relección de Bush, ironizó hace dos días un conocido diplomático inglés. El "sin comentarios" de su gobierno ante esta incisiva declaración es comprensible, aunque ciertamente en torno a este asunto ya se ha presentado al público una escrupulosa exploración de un testigo privilegiado, como podrá comprobar quien revise el substancial libro Contra todos los enemigos (Taurus, 2004), de Richard Clarke, el ex zar antiterrorista de los gobiernos de Clinton y Bush.

Ahí saltan a la vista algunos de los aspectos más sensibles, relevantes y hasta ahora desconocidos por la opinión pública sobre las decisiones, inexplicables contradicciones y asombrosos fallos en materia de seguridad interna del gobierno de Bush, antes del 11-9, así como del papel de esos ataques terroristas en la campaña neo hitleriana para sacar ventaja político-electoral de la tragedia, formalizar por medio del acta patriótica la instauración de un régimen de excepción, incidir en la militarización de la ecuación cívico-militar y para justificar el unilateralismo, el belicismo y la guerra de conquista y ocupación contra Irak.

Clarke se manifiesta sumamente preocupado, desde el título y dedicatoria hasta las últimas páginas por la propensión de la camarilla de Bush de transformar al 11-9 en lo que el historiador Golo Mann, en referencia al Tercer Reich llamó "una máquina para la manufactura del poder". Defender la Constitución significa también defenderla "... de todo aquel que utilice la amenaza terrorista contra las libertades que la propia Constitución consagra. Dichas libertades se están viendo socavadas, y si en este país se lleva a cabo otro ataque terrorista del mismo impacto y gravedad se producirán nuevos asaltos a nuestros derechos y libertades civiles. Por tanto, es esencial (evitarlos) y que... protejamos la Constitución... contra todos los enemigos" (p. 14).

El título del libro se refiere a los enemigos externos, pero de manera significativa a quienes están prestos a explotar políticamente esta calamidad nacional y "para sacar adelante sus planes sobre Irak" (p. 51). En su intento por culpar a Irak de los atentados, Wolfowitz, segundo de Rumsfeld en el Pentágono, abrió una caja de Pandora al argumentar que el ataque fue "una operación demasiado sofisticada y compleja para haber sido llevada a cabo por un grupo terrorista", sin apoyos estatales (p. 51). Por eso llama poderosamente la atención la dedicatoria del libro: "a los asesinados el 11 de septiembre de 2001, incluidos los que intentaron evitarlo, como John O'Neill (...)".

Clarke aclara que O'Neill era su mejor amigo en el FBI y que sus iniciativas para localizar y desactivar las células de Al Qaeda en Estados Unidos "incomodaban" a su director Louis Freeh. Revela también que O'Neill era "un hombre decidido a acabar con Al Qaeda (...) hasta que le apartaron de esa tarea porque estaba demasiado obsesionado con esa red terrorista y no se andaba con chiquitadas en su afán de capturar a Osama Bin Laden". Agrega que "O'Neill no encajaba en el patrón reducido y limitado que el director quería para sus agentes".

Esta rara actitud de Freeh en su enfrentamiento con O'Neill es un claro ejemplo de por qué el "FBI no podía proteger nuestro territorio" y es parte de un cuadro general encaminado a negar recursos y aparentemente a desactivar la campaña antiterrorista a cargo de Clarke. Desde el arribo de Bush, pese a todas las advertencias del autor, de funcionarios del FBI, e incluso del director de la CIA -en un famoso memo del 6 de agosto de 2001 entregado al mandatario- en torno a la alta probabilidad de un ataque de grandes proporciones de Al Qaeda en territorio nacional, los analistas observan una tendencia de la cúpula gubernamental por devaluar sistemáticamente los instrumentos y presupuestos antiterroristas con las más variadas excusas. Es una pauta que se detecta en la Casa Blanca de Bush, Cheney y Rice, en el Pentágono de Rumsfeld y Wolfowitz, y en la fiscalía de Ashcroft, hasta el 11-9, misma que favoreció a los agresores tanto como la ventana de oportunidad que les ofreció la laxa vigilancia aeroportuaria (Clarke quedó "atónito" al enterarse de que a bordo de uno de los aviones secuestrados "había activistas de Al Qaeda cuyos nombres eran conocidos por el FBI") y la coincidencia del ataque, con Vigilant Warrior, ejercicio militar del comando aéreo estratégico (NORAD) realizado el 11-9, que dirigió la atención de las fuerzas aéreas de Estados Unidos, incluyendo los aviones radar AWACS, hacia un hipotético ataque ruso. Mientras, los atacantes hacían lo suyo.

Clarke nos informa que por su enfrentamiento con Freeh, O'Neill había dejado el FBI y acababa de ser nombrado director de seguridad del complejo del World Trade Center "la semana anterior" al ataque. Como a un soldado amotinador al que se castiga enviándolo hacia una muerte segura en el frente de batalla, John O'Neill murió en las Torres Gemelas el 11-9 aplastado por miles de toneladas de acero.

jueves, 2 de septiembre de 2004

La apuesta de la derecha

John Saxe-Fernández
la Jornada.
México 2 de septiembre de 2004.

El pasado fin de semana, en la ciudad de México y en Nueva York afloraron indicios de que la jugada de la derecha por la polarización, la guerra de clases y la provocación encierra enormes riesgos para la paz social y para quienes, como Aznar, Bush y Fox, han buscado sacar ventaja electoral y la auspician de manera imprudente: cientos de miles de ciudadanos tomaron las calles para manifestarse, en el primer caso, en defensa de un proyecto alternativo a la debacle gestada por la depredación neoliberal y su brutal agresión contra el campesinado, los sectores medios y la clase trabajadora, y en el segundo, para rechazar la regresiva política económica y de libertades civiles, así como la unilateral, corrupta y belicosa política exterior de Bush en Irak.

Aquí, ese repudio, entiéndase bien, no es al "neoliberalismo" como una abstracción, sino a una agenda concreta impulsada por agentes específicos e intereses de clase identificables, como el Banco Mundial y la depredadora plutocracia doméstica, crónicamente presta a fungir como intermediaria con el exterior para venderlo todo a la menor provocación: banca, comercio y, si se le deja, petróleo, electricidad, agua, biodiversidad y territorio.

La situación es grave. El esquema de despojo llegó a los límites de tolerancia sociopolítica. Los planes de choque ahondaron los factores que llevan al país a ser víctima de un ciclo perverso de deterioro de los fundamentos materiales y jurisdiccionales del proyecto nacional formalizado en la Carta Magna, algo que, dada la larga tradición expansionista de Estados Unidos, junto con la vocación entreguista de quienes han estado al mando en Los Pinos (ya por 22 años), nos coloca en situación precaria.

Es dramática la profundización de la inequidad, el desempleo y la pobreza. Los programas impulsados en favor del alto capital mediante el Banco Mundial y sus empleados locales, como el TLCAN, la desregulación financiera y la liberalización comercial a ultranza, la disminución acelerada de la inversión pública y del gasto social y su desvío al pago de la deuda y al rescate de especuladores tipo IPAB-Fobaproa, acicatean las fisuras en lo étnico, regional y económico, agudizando el conflicto de clase. El deterioro es alarmante y representa una amenaza a la "seguridad humana" de nuestra población, seguridad que los especialistas conciben como "un niño que no llegó a morir, una enfermedad que no se propagó, un empleo que no fue eliminado, una tensión étnica que no degeneró en violencia, un disidente que no fue silenciado".

Presenciamos, como en los tiempos previos a los grandes traumas históricos que desembocaron en cruentas guerras civiles, raciales, regionales y globales, que la dirigencia político-económica padece demencia precoz y profundiza los masivos desequilibrios inherentes a un sistema de saqueo doméstico e internacional, articulado alrededor de metas cortoplacistas que marginan del circuito económico a cientos de millones de personas.

Las consecuencias eran ya devastadoras antes de que el panismo llegara al poder. Ahora Fox socava todavía más los ejes de la estabilidad. Desde el domingo cientos de miles de ciudadanos rechazaron este estado de cosas y se manifestaron contra mayores atropellos como el uso político-electoral del aparato judicial. La ciudadanía entiende que se vulneran los mecanismos disponibles para una salida no violenta a la acumulada explosividad social gestada por un régimen faccioso y clasista. Sale a la calle para dejar explícito que utilizar a la Procuraduría General de la República para lograr ventajas electorales, además de irresponsable es un acto abiertamente subversivo y una invitación al caos. Reconoce que los operativos de Estado contra López Obrador debilitan los fundamentos del Estado de derecho y, por tanto, de la paz social. Esos agravios son parte de la estrategia polarizante utilizada por la derecha para acorralar electoralmente cualquier proyecto alternativo. Fox y su gabinete lanzan más gasolina a un tanque que empezó a explotar hace 10 años.

Vivimos hoy una paz precaria, plagada de incertidumbre y violencia cotidiana. Millones de familias despojadas de su patrimonio y de un salario seguro. De ello son testigo los ferrocarrileros y lo acaban de soportar los trabajadores del IMSS a manos de una mancuerna legislativa PRI-PAN torpe y ¿deslumbrada por las migajas que les arrojaron quienes están empecinados en apropiarse de los ahorros de los trabajadores de todo el país, otro botín como el Fobaproa, estimado en poco más de 2 billones de pesos?

Para esa derecha la paz social es sacrificable ante la expectativa de desactivar el enorme ímpetu electoral que, según las principales encuestas, encabeza López Obrador en todo el país. Los aprendices de brujo a la usanza de Aznar y Bush impulsan la guerra de clase y la provocación para apropiarse del centro político-electoral "estigmatizando" como "extremistas", "populistas" o "anarquistas" a los sectores agredidos por ellos. Es una apuesta temeraria.

jueves, 19 de agosto de 2004

Petróleo y criminalidad de Estado

John Saxe-Fernández
La Jornada.
México 19 de agosto de 2004.

De Irak a Venezuela y de México a Arabia Saudita, es explosivo el coctel que resulta de mezclar la criminalidad de Estado con la codicia por la riqueza petrolera. Su impacto sobre la seguridad internacional -en un medio donde existen desplegados armamentos balísticos intercontinentales y termonucleares-, los derechos humanos y la vigencia del derecho ha sido devastador.

La opinión pública testifica los horrores que se cometen diariamente contra la población iraquí, así como la instauración de un vasto programa de campos de concentración y de tortura en bases militares, como Guantánamo y en buques de guerra estadunidenses, en la mejor tradición nazi. Pese al rechazo mundial a este esquema criminal la guerra, la represión y el intervencionismo se mantienen impertérritos.

El caso de Venezuela es ilustrativo. Al igual que Irak, posee una reserva de crudo sustancial (unos 70 mil millones de barriles) y sufre el intervencionismo político de Estados Unidos. Fue transparente la jornada electoral que consolidó a Hugo Chávez presidente, avalada por los entes extranjeros encargados de supervisar el proceso y por la comunidad internacional. Pero la Casa Blanca reaccionó de manera obstinada: su primer pronunciamiento ante el triunfo de Chávez fue alentar a una oposición intransigente, poniendo en tela de duda los comicios, que fueron contundentes: cerca del 58 por ciento por no revocar el mandato del presidente.

Bush alienta así a una cúpula desestabilizadora, liderada por oportunistas de baja ralea, como Carlos Andrés Pérez, quien se pronunció por eliminar a Chávez "como un perro", y que ha dado muestras patéticas, no menos que peligrosas, de incivilidad e inmadurez. Esa cúpula, íntimamente vinculada con el aparato de espionaje de Estados Unidos, es apoyada por los más importantes medios de comunicación, prensa y televisión de Venezuela y de la CNN y, como es de conocimiento público, ha maquinado varios intentos golpistas. Ante la derrota, ahora recurre a criminales actos paramilitares para empeorar el clima político, lo cual preocupa si se tiene presente que la política exterior de la potencia norteña, especialmente en sus manifestaciones militares y de "inteligencia", está dictada por intereses particulares y puesta en práctica por el mismo grupo de ideólogos de derecha que se aglutinaron alrededor del Proyecto para un Nuevo Siglo Americano, como puede comprobar quien revise la masa documental ofrecida por el ex secretario del Tesoro, Paul O´Neill, y sintetizada por Ron Suskind en El precio de la lealtad (Océano,2004).

En la pila de documentos secretos que George Tenet, el entonces director de la CIA puso en manos de O'Neill, se describe un abanico de actividades encubiertas que se extiende por todo el mundo, "entre ellas complots y asesinatos; un plan para neutralizar, utilizando cualquier medio necesario, a gente predispuesta contra el gobierno estadunidense. Y el punto central era la disposición provisoria de que prácticamente no habría ninguna supervisión civil. La idea básica era: 'díganos qué impresión quiere dar, señor presidente, y nosotros nos encargaremos del resto'" (p. 220). Ante la postura electoral de Bush en 2000, según la cual su gobierno pondría en práctica una política no intervencionista, ya que había afirmado que "seríamos humildes en el extranjero" y no "intervendríamos en actividades de construcción de naciones", O'Neill describe su asombro de cara a las mentiras y contradicciones de la "pequeña camarilla de Bush, constituida por asesores de la campaña electoral o de sus tiempos de Texas".

A pocos días de asumir la presidencia, es decir, mucho antes del 11-9, se nos informa que "se debatían ya auténticos planes para la toma y ocupación de Irak -junto con la apropiación de los yacimientos petrolíferos, el envío de fuerzas de pacificación y el establecimiento de tribunales para crímenes de guerra- en aplicación de una doctrina tácita de guerra preventiva" (p. 154).

La criminalidad de Estado y la codicia por la riqueza petrolera de Irak, o donde esté localizada, sea en Venezuela o en México, amerita atención. Desde el 30 de enero de 2001 Rumsfeld, Cheney, et. al., con la ayuda del Pentágono, tenían preparados los documentos "sobre la ubicación de los yacimientos petrolíferos de Irak, sobre las áreas de exploración y las empresas que podrían estar interesadas en participar en el reparto de tan precioso bien" (p. 117). Como en el caso de la privatización y extranjerización de PEMEX, que Bush impulsa por medio del Banco Mundial y de Fox, en el de Irak ya se contaba con datos que permitían señalar "las extracciones petrolíferas supergigantes". La parte suroeste de Irak aparece como apetecible botín y de manera similar la cuenca de Burgos, de México, fue dividida en bloques para la rapiña futura. El problema de fondo es que la criminalidad de Estado junto con los planes para el saqueo de la riqueza ajena, si bien resultan, como dice O'Neil, "una combinación irresistible", es fatal para la paz mundial.

Le pétrole et la criminalité d'état

par John Saxe-Fernández
La Jornada.
México, 19 août 2004.
Traduit de l’espagnol par Gil B. Lahout, pour RISAL.

RISAL - Réseau d'information et de solidarité avec l'Amérique latineURL: http://risal.collectifs.net/

De l’Irak au Venezuela, en passant par le Mexique et l’Arabie Saoudite, il est un cocktail explosif qui consiste à mélanger la criminalité d’État avec la convoitise de la richesse pétrolière. Dévastateurs en ont été les effets sur la sécurité internationale -dans un monde où sont déployés des missiles balistiques intercontinentaux et thermonucléaires- et les droits de l’homme et l’application du Droit.

L’opinion publique est le témoin des horreurs quotidiennes commises contre la population irakienne, ainsi que de l’implantation d’un vaste programme de camps de concentration et de torture sur des bases militaires, comme Guantánamo, et sur des navires de guerre étasuniens, dans la meilleure tradition nazie. Le monde a beau rejeter ce modèle criminel, la guerre, la répression et l’interventionnisme se poursuivent imperturbablement.

L’exemple du Venezuela est illustratif. Tout comme l’Irak, ce pays possède une importante réserve de pétrole brut (quelque 70 milliards de barils) et subit l’interventionnisme politique des États-Unis. Or, la journée électorale qui a consolidé Hugo Chávez à la présidence s’est déroulée en toute transparence, comme l’ont confirmé les organismes étrangers chargés de superviser le processus, ainsi que la communauté internationale. Mais la Maison Blanche a réagi avec obstination. Sa première réaction face au triomphe de Chávez a été d’échauffer une opposition intransigeante, mettant en doute les résultats électoraux, pourtant très clairs : près de 58% de l’électorat s’est prononcé contre la révocation du mandat présidentiel.

Bush encourage ainsi un groupe déstabilisateur, dirigé par des opportunistes de bas étage, comme M. Carlos Andrés Pérez [1], qui voulait éliminer Chávez « comme un chien » et qui a donné des signes aussi pathétiques que dangereux de manque de civisme et de maturité. Ces dirigeants, intimement liés à l’appareil d’espionnage étasunien, sont soutenus par les plus importants médias -presse et télévision- du Venezuela et par CNN. Ils ont machiné, comme le public ne l’ignore pas, plusieurs tentatives de putsch. Face à la défaite, les voilà maintenant qui recourent à de criminels actes paramilitaires pour envenimer encore davantage le climat politique du pays. Ce qui est d’autant plus préoccupant que la politique extérieure de la puissance du Nord, notamment dans ses manifestations militaires et « d’intelligence », est dictée par des intérêts particuliers et mise en œuvre par le même groupe d’idéologues de droite signataires du projet « Pour un nouveau siècle américain », comme le lecteur pourra le constater en consultant la documentation offerte par l’ex-secrétaire au Trésor, Paul O’Neil, et synthétisée par Ron Suskind, dans son livre « The Price of Loyalty » (Simon & Schuster, 2004).

Dans le tas de documents secrets remis à O’Neill par George Tenet, alors directeur de la CIA, on trouve la description d’un éventail d’activités clandestines qui s’étendent au monde entier, « et notamment des complots et assassinats ; un plan pour neutraliser, par tous les moyens nécessaires, les personnes prédisposées contre le gouvernement étasunien. Et le point central était la disposition provisoire qu’il n’y aurait pratiquement aucune supervision civile. L’idée de base était : ‘dites-nous quelle impression vous voulez donner, monsieur le président, et nous nous chargeons du reste » (p. 220). La position électorale de Bush, en 2000, était que son gouvernement appliquerait une politique non-interventionniste, puisqu’il avait déclaré « Nous serons très humbles à l’étranger » et aussi « Nous n’interviendrons pas dans des activités de construction de nations ». O’Neill exprime son ahurissement face aux mensonges et aux contradictions de « la petite clique de Bush, faite de conseillers de la campagne électorale ou du temps du Texas ».

Quelques jours avant de prêter serment, c’est-à-dire bien avant le 11 septembre, on nous informe que « l’on discutait déjà des vrais plans pour la prise et l’occupation de l’Irak, ainsi que de l’appropriation de ses gisements pétroliers, l’envoi de forces de pacification et l’instauration de tribunaux de crimes de guerre, en application d’une doctrine tacite de guerre préventive » (p. 154).

La criminalité d’État et la convoitise des richesses pétrolières de l’Irak, ou d’ailleurs, que ce soit au Venezuela ou au Mexique, mérite une attention spéciale. Depuis le 30 janvier 2001, Rumsfeld, Cheney & Co., avec l’aide du Pentagone, avaient déjà préparé les documents à propos « de la localisation des gisements pétroliers irakiens, des zones de prospection et des sociétés éventuellement intéressées à participer à la répartition de ce précieux bien » (p. 117). À l’instar de la privatisation et l’étrangéisation de PEMEX [la société pétrolière publique mexicaine, ndlr], que Bush encourage par le biais de la Banque mondiale et de Fox [le président mexicain, ndlr], pour l’Irak il existait déjà des données permettant de situer « les extractions pétrolières super-géantes ». Le sud-ouest de l’Irak est la zone où se trouve le séduisant butin et, tout comme le bassin de Burgos, au Mexique, elle a été subdivisée en blocs pour le futur pillage.
Le problème avec la criminalité d’État combinée aux plans de pillage de la richesse d’autrui, est qu’elle a beau être, au dire d’O’Neill, d’une « combinaison irrésistible », elle n’en est pas moins fatale pour la paix mondiale.

NOTES:
[1] Leader historique du parti social-démocrate "Action démocratique", ex président du Venezuela, démis pour corruption en 1993. (ndlr)

jueves, 5 de agosto de 2004

Marcuse: recuerdos y vivencias

John Saxe-Fernández
La Jornada.
México 5 de agosto de 2004.

La muerte acaba con una vida, no con una relación", solía reflexionar Morrie Schwartz, cuya cátedra de sicología social en la Universidad Brandeis (Boston) abrió nuevos caminos para entender la naturaleza humana, en todo su esplendor y trauma, a una generación ya de por sí impactada por el pensamiento de Herbert Marcuse, entonces a cargo del departamento de Historia de las Ideas. Sus palabras cobran significación especial al cumplirse 25 años de la muerte de Marcuse: una voz que sigue ahí, tronando en mi conciencia, con su acento alemán, sus giros explicativos y una combinación de exasperación y empatía.

El tiempo y el espacio no permiten discutir la contribución de Marcuse al pensamiento social y la vigencia de su obra. Ya Víctor Flores Olea lo hizo en una espléndida síntesis, publicada por El Universal la semana pasada. Sólo quiero compartir algunos recuerdos y vivencias que tengo del filósofo alemán, a quien conocí a principios de los 60, cuando John F. Kennedy era presidente, Estados Unidos salía de las persecuciones y paranoias del macartismo, el tercer mundo se convulsionaba con procesos anticoloniales, en América Latina la Revolución Cubana vencía a la dictadura y al imperialismo, las amenazas de recesión eran continuas, se profundizaba la carrera armamentista con la URSS, y Kennedy aceptaba la herencia venenosa de Eisenhower y Nixon contra Vietnam y Cuba.

Gracias a un extraordinario programa de becas financiado por Lawrence Wien finalicé la licenciatura en ciencia social, iniciada en la Universidad de Costa Rica. A Herbert Marcuse lo vi por vez primera en la entrevista que todo estudiante debía tener para ingresar a su seminario o a los cursos ofrecidos por su departamento. Yo quería empezar con Marx y su reacción fue rotunda. Sentí que se escuchó por todo el pasillo: "¡De ninguna manera! Primero Kant -y todo lo que hay detrás-, luego los utilitaristas; después Hegel y, entonces sí, Marx". Complicó mi vida de veinteañero. Pero me hacía un gran favor librándome de los riesgos del catecismo en favor de un mundo teórico e histórico, complejo y rico en la mejor tradición del pensamiento crítico. Lejos, muy lejos de la imagen que difundieron los medios de comunicación años después, de profesor complaciente. En sus seminarios era riguroso, exigente y hasta furioso -a la Toscanini- cuando se percataba que no había una lectura cuidadosa del texto en discusión. Su asistente, David Ober, nos ayudaba y guiaba con gran eficacia. Luego vino el examen de su perdurable Razón y revolución y, posteriormente, de Eros y civilización, ciertamente, como advirtió Clyde Kluckhohn, la más importante reflexión sicoanalítica desde que Freud cesó de publicar.

Con Ober analizamos y estudiamos el borrador de El hombre unidimensional. Marcuse escribía en inglés, pero con una sintaxis alemana, compleja, y con oraciones que a menudo pasaban de la cuartilla. Era necesario someter cada una a discusión y traducción. Beacon Press lo publicó. Comparando las dos versiones, a primera vista el libro nos pareció una simplificación, una caricatura. Pero, sin perder lo esencial, los editores hicieron el texto accesible al gran público, lo que es un gran mérito.

Antes de la graduación me inscribí en su curso magistral sobre El Estado de guerra. Su impacto fue profundo y perdurable. Basándose en El Behemoth, de Franz Neuman, realizaba un ejercicio de comparación histórica entre la Alemania nazi y la economía permanente de guerra de Estados Unidos, con todo y sus masacres en el tercer mundo. Su curso requería de una minuciosa lectura diaria, además de los libros y de la prensa. Terminó con una reflexión sobre Spengler y la decadencia de occidente. Kennedy había sido asesinado en 1963. Johnson profundizó la intervención en Vietnam y aumentó de manera pronunciada el gasto militar, al tiempo que Marcuse conceptualizaba al "Estado de guerra" como aquel que genera el "Estado de bienestar" por medio de la movilización total de recursos humanos y materiales contra un enemigo externo o interno, real o imaginario, en la eventualidad de una guerra, también externa o interna. Ese keynesianismo militar es parte fundamental de nuestro predicamento como civilización y como especie.

Viví el 68 anticipadamente. La indignación, que la escritora George Sand había calificado como expresión máxima del amor, adquirió un nuevo estatuto con Marcuse. Su ira con los responsables de lo que ocurría tenía tras de sí los horrores de Auschwitz, no menos que de Nagasaki e Hiroshima. Cuando el decano de la universidad volvió de Vietnam de una gira de inspección de los strategic hamlets (campos de concentración rurales) y dio un apologético informe ante una comunidad estudiantil preponderantemente judía, Marcuse, el comentarista, lívido, le preguntó: "Señor decano, como un ser ajeno a ella, ¿qué opina de la raza humana?" Prácticamente lo sacamos en hombros, en medio de nuestro aplauso cerrado que le acompañó el resto de su vida y sigue desde estas páginas.

jueves, 22 de julio de 2004

Bush: ¿autogolpe en Estados Unidos?

John Saxe-Fernández
La Jornada.
México 22 de julio de 2004.

Cuando se dio a conocer hace pocos días que Tom Ridge, a cargo del Departamento de ''Seguridad de la Madre Patria'', le pidió al fiscal John Ashcroft revisar los pasos legales que serían necesarios para suspender las elecciones presidenciales, ya que la red terrorista Al Qaeda ''puede atacar dentro de Estados Unidos con el objetivo de frustrar o entorpecer las elecciones del 2 de noviembre'', se puede inferir: primero, que el gobierno de Bush tiene toda la intención de utilizar electoralmente el trauma del 11/09, es decir, que el ''miedo'' jugará un papel importante en su esquema electoral y, segundo, que aparentemente Ashcroft, Ridge y los abundantes recursos humanos y materiales de esas dependencias serán utilizados en función de la estrategia para la ''elección'' de Bush.

Digo ''elección'' y no ''re-elección'' porque en realidad, como apunta irónicamente André Gunder Frank (Memoria, julio, 2004) a fin de cuentas ''...Bush no fue electo, sino selecto en la Corte Suprema'' para ''aplastar el voto popular en Florida''. Bush llega a la Casa Blanca por una decisión de la Suprema Corte con una votación de sólo cinco a favor y cuatro en contra. Frank acierta al calificar este proceso como un ''coup d´etat de facto''.

El punto central es que, como resultado de cuestionables usurpaciones electorales y de funciones legislativas y judiciales, Bush colocó a Estados Unidos, por medio del Acta Patriótica, en un ''estado de excepción'' que se invoca, significativamente ahora, cuando las encuestas muestran un perceptible deterioro de la posición del ''presidente'' ante el electorado, comparado con la excepcional fuerza política que logró inmediatamente después de los ataques terroristas, y luego de la detención de Saddam Hussein. Y es que, como advirtió hace poco Daniel Ellsberg, oficial de inteligencia que hace tres décadas dio a conocer los documentos del Pentágono y fue llevado a juicio por filtrar la información que finalmente liquidaría a Nixon y la escandalosa política que apuntaló la guerra de Vietnam, los ataques del 11 de septiembre ''fueron pretexto para invadir un país que no nos amenazaba y para desmantelar nuestras libertades y derechos ciudadanos''.
Ellsberg opina que ''aún no estamos en un verdadero Estado policiaco'', pero considera que ''...esto podría suceder después de un próximo ataque terrorista''. En coincidencia con la tesis y la información que hizo pública Richard A. Clarke (responsable de la lucha antiterrorista durante las presidencias de Bush padre, Clinton y Bush hijo) en su libro Contra todos los enemigos, Ellsberg señala que ''la guerra en Irak ha sido catastrófica y agregó muchas razones para que nos ataquen los terroristas'', al tiempo que advertía que ''un próximo ataque podría cambiar definitivamente a EU y convertirlo en un país fascista, en manos de gente como John Ashcroft o John Pointdexter''. Y esto es lo que precisamente está considerando una camarilla como la que ocupa la Oficina Oval, la Fiscalía y el Departamento de Seguridad de la Madre Patria, que a decir de un columnista citado por Clarke, está formada por tipos que son ''más endogámicos, herméticos y vengativos que la mafia''.

Llama la atención que la nota periodística que se difundió en Internet sobre la posposición de los comicios tiene como subtítulo: ''El autogolpe planea sobre EU'' y toma nota de que Ridge le pidió al fiscal Ashcroft estudiar una carta que recibió de DeForest Soaries, presidente de la Comisión Estadunidense de Asistencia Electoral. Esta instancia fue creada en 2002 para proveer fondos a los estados que deben reemplazar los sistemas de votación que usan tarjetas que son perforadas, por otros métodos electrónicos más modernos, además de proveer asistencia para las elecciones federales.

Fue Soaries, vinculado al clan Bush y a las dos empresas encargadas de fabricar las urnas y sistemas de votación electrónicas -también cercanas políticamente a los Bush-, quien planteó a Ridge que se pida al Congreso ''que apruebe una ley que otorgue al gobierno la autoridad para cancelar o posponer una elección federal''. Todo esto coloca al ''miedo y el fraude'' como la piezas centrales del ''mapa de ruta electoral'' de Bush. Existen sondeos que indican precisamente que la ''seguridad'' es la única área en la que Bush muestra una ventaja, aunque declinante, sobre Kerry.

Estudios recientes indican que se profundizan las dudas del electorado tanto en el manejo de la política antiterrorista como de la guerra contra Irak, resultado de una buena cantidad de revelaciones sobre las ineptitudes del gobierno de Bush contenidas en libros e informes elaborados por comités bipartitos de la legislatura en torno a las bases de inteligencia para justificar la guerra contra Irak y el comportamiento visiblemente fallido y sospechoso del gobierno antes, durante y después de los ataques del 11/09.

Lo que sí debe quedar claro es que el panorama se le complica a Bush y que, por mantener el poder, él y su camarilla son capaces de todo.

jueves, 8 de julio de 2004

OTAN: los límites del poder

John Saxe-Fernández
La Jornada.
México 8 de julio de 2004.

Durante la cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), que recientemente se celebró en Estambul, quedó de manifiesto, una vez más, que esa coalición pasa por una crisis más que pasajera. Ya la negativa francesa y alemana -dos de los principales componentes de la alianza- de avalar desde el Consejo de Seguridad de la ONU los esquemas bélicos de George W. Bush, indicaban que algo serio ocurría. Ello por la naturaleza esencialmente militar -además de política- de la OTAN. De ahí que la postura francoalemana de rechazo al unilateralismo belicista de Bush, dado el momento crucial en que se da, tiene un impacto profundo en dicha alianza. Aunque ya se había manifestado durante el gobierno de Clinton en la guerra de Kosovo, la práctica del unilateralismo belicista desplegada por Bush en Afganistán e Irak coincide con un detectable deterioro de los fundamentos políticos y estructurales de la OTAN, instrumento esencial en el manejo estadunidense de la balanza de poder en Eurasia. Uno de sus objetivos centrales fue inhibir el desarrollo de una política exterior y de defensa europea, meta que se dificulta ante el dinamismo de la Unión Europea, más allá de lo económico.

La confrontación ideológico-estratégica de la guerra fría estuvo en el centro de la capacidad de Estados Unidos para controlar las reticencias europeas -especialmente de Francia- en torno a la jefatura militar de Washington y para superar las crecientes contradicciones entre las necesidades y requerimientos de los mercados y los recursos naturales estratégicos del aparato productivo europeo, que se recuperaba de manera dramática, y los estadunidenses, permitiendo mantener un "entendimiento intercapitalista".

La OTAN, crecientemente anacrónica, ha sido el ariete desde el cual Washington ha proyectado su influencia más allá de lo estrictamente militar, hacia la política y la economía europea. Pero la ausencia de un enemigo común después del colapso soviético debilitó esta capacidad y generó una "crisis de identidad" en el seno de la OTAN, y es precisamente en este contexto de creciente deterioro estructural en el que la alianza, y la opinión pública europea y mundial, experimentan de manera traumática la precipitación belicista de Bush y la aplicación de una doctrina de "autodefensa anticipatoria", reminiscente de los momentos más oscuros del régimen hitleriano.

Los impactos han sido profundos. Según encuestas realizadas a lo largo del año, los europeos no sólo rechazan de manera abrumadora la guerra contra Irak, sino que en números sorprendentes impugnan y manifiestan dudas y sospechas sobre los motivos reales de Bush: el control y usufructo del petróleo iraquí y el contratismo de la "reconstrucción", ampliamente confirmados por los acontecimientos y por millones de manifestantes europeos. Lo que no esperaba el equipo de Bush fue la amplitud y profundidad de la resistencia iraquí a la ocupación, que la Casa Blanca trata de superar por dos vías: la instauración de un "agente soberano" -avalado por la ONU- para cubrir con un manto de "legitimidad" los multimillonarios -y putrefactos- negocios de la "reconstrucción", y la ampliación de las operaciones de la OTAN a lo que la "nueva geografía petrolera" estadunidense llama "la nueva misión en el Gran Oriente Medio". Este desfiguro planteado por Estados Unidos en Estambul es parte de la política exterior a la medida de la codicia de las petroleras e incluye también a Pakistán y Afganistán. Que Bush recurra oportunistamente a un instrumento multilateral -todavía dominado por Washington- es un reflejo de los límites del poder militar estadunidense ante una resistencia como la iraquí que, por la magnitud de la agresión imperialista, se regionaliza.

Bush promovió en Estambul esta "nueva misión" y la reticencia europea, especialmente de Francia y Alemania, no se hizo esperar. Aunque el operativo "diplomilitar" de Bush en Turquía es presentado con bombos y platillos electoreros a la opinión pública estadunidense, no logró nada que ya no estuviera ocurriendo: como compromisos individuales de algunas naciones para el adiestramiento, en terceros países, de las fuerzas de seguridad del gobierno interino. Teniendo en mente el rechazo del electorado europeo a la guerra contra Irak en general, y la debacle política de Aznar y Blair, en particular, la reserva europea ante la "nueva misión" es de lo más explicable. Por su dependencia del petróleo de Medio Oriente, para ellos es vital una buena relación con el mundo árabe y con la creciente población musulmana, que radica y crecientemente vota en el viejo continente.

Existen dos escuelas de pensamiento en torno a la "nueva misión" de la OTAN en el Gran Oriente Medio: la de quienes piensan que con ello se supera la crisis de identidad y la de los que sostienen que ante la falta de sostén europeo (interno y externo) para la "nueva misión" se acelerará la desintegración de la alianza.